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Joe Lovano & Dave Douglas Quintet: Sound Prints

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Wednesday November 12, 2014

From Cuadernos de Jazz_

Joe Lovano & Dave Douglas Quintet: Sound Prints

En uno de los conciertos estilísticamente más audaces hasta ahora del Festival de Jazz de Barcelona, Joe Lovano y Dave Douglas, acompañados de un trío de lujo con un Joey Baron en estado de gracia, ofrecieron su particular homenaje a Wayne Shorter, pletórico en swing y en aperturas de nuevos caminos.

Apostemos quién de los presentes sobre el escenario de L’Auditori ha vivido episodios más salvajes en el curso de sus años: seguro que erramos el tiro y caemos en flagrante prejuicio. Por acumulación de vida, tal vez haya sido Joe Lovano, al que debiera seguir Dave Douglas y el resto del quinteto. Por riesgos asumidos, o tal vez por andar próximo a heterodoxias musicales, Douglas pudiera llevarse la palma, aunque todo es pura conjetura, dado que el asilvestrado Joey Baron y los jóvenes Linda Oh y Lawrence Fields bien pudieran atesorar experiencias igualmente extremas. De lo que no cabe duda es de que la propuesta del dúo protagonista iba a satisfacer las ansias de swing que todo festival de jazz precisa para ser no ser catalogado únicamente como reunión de improvisadores avanzados. Y el público, oído lo visto, salió más que satisfecho de haber asistido a un encuentro con lo que para una inmensa mayoría es la esencia del género: ese rítmico balanceo corporal que nos hace tan felices. Todo ello con la excusa de entablar un diálogo con las músicas que el gran Wayne Shorter ha ido ofreciendo a lo largo de los años con el objetivo de perpetuar el orden cósmico.

Pero ese swing obligado no fue, necesariamente, el balanceo amable adaptado para turistas que en ocasiones (y no en esta edición del festival de Jazz de Barcelona, una de las más atractivas y genuinas en programación de los últimos años) puede esperarse de esta clase de acontecimientos. Por el contrario: fue un swing difícil, exigente, con armonías extrañas y rugosas a dos vientos que coqueteaban con el free, a pesar de estar tan escritas. Finalmente, ¿de qué otra manera dos gigantes del jazz actual pueden homenajear a una leyenda de esa música si no intentan ser más que el maestro, avanzar aun más allá por el camino que éste marcó? Ésa pareció ser la apuesta y, finalmente, el riesgo calculado de este concierto. Un primer tema que en realidad eran dos (uno compuesto por Lovano, el otro por Douglas), veinte minutos de contrapuntos tensos, de batería nerviosa, de un walking bass que parecía desesperado por anclarlo todo, y un solo de saxo enérgico y sí, swingante, seguido de un solo de trompeta que empezó ahí abajo, con los graves, y terminó volando con cacofonías de gaviotas.

Ése fue el sino de todo el concierto: Linda Oh aferrándose al bajo con gesto reconcentrado, como si fuera la única cuerda que impedía el vuelo sin red o el naufragio; Lawrence Fields, con sus enormes brazos moviéndose por el teclado con delicadeza, casi como si temiera romperlo, trabajando más con los silencios que con las notas, bosquejando acordes que no terminaban de definirse, y decidiendo brillar, y mucho, sólo cuando los vientos aflojaban y quedaba solamente la sección rítmica (un poco al estilo de otros pianistas de Lovano, que hacen virtud de la contención); Joey Baron, de vuelta de todo, pasándola en grande, riéndose y haciéndonos reír; y los dos líderes jugando con los límites todo el tiempo. Dos temas que Wayne Shorter compuso especialmente para esta formación (Destination Unknown y el pomposamente titulado To Sail Beyond the Sunset, «Navegar más allá del crepúsculo») se desplegaron como las texturas de un tapiz, como los textos superpuestos de un palimpsesto. Mientras los solos de batería eran alegría pura, y los de piano eran líricos y estrictos, el del bajo fue de acordes, arpegios y, según quien lo escuchara, sublime o limitado. La sección rítmica brilló, y mucho, en Weatherman de Lovano, demostrando la energía profunda y sutil que podía surgir de un hipotético trío Baron-Oh-Fields, y los dos temas siguientes, ambos de Douglas, el lírico Ups and Downs y el potente bis Power Ranger, también ofrecieron un vislumbre del universo que podía yacer más allá del homenaje a Shorter.

Que nadie se sorprenda si se apreció que la maquinaria funcionaba engrasadísima y a pleno rendimiento: Lovano y Douglas ya llevaban varios años involucrados en la relectura del legado de Wayne Shorter. Del temprano homenaje del trompetista en Stargazer (Arabesque, 1997), en el que –claro- participaba también Joey Baron, hasta los trabajos para el San Francisco Jazz Collective. Y todo sin que en realidad importe lo que están tocando, sino simplemente que están tocando, ahí delante, para nosotros. Tampoco importa de dónde saca las camisas Lovano, porque se le vio muy en forma, adelgazado y moreno, sin ocultar su alopecia con el sempiterno sombrero. Incluso cogía carrerilla por momentos, y se lanzaba al vacío que sólo él sabe llenar de ese modo tan particular. Todo estuvo más allá de la corrección, con la lección del maestro bien aprendida, como si la afirmación de Douglas en los créditos de Stargazer, en la que señalaba que “parece que la música de Shorter nos impele a abandonar nuestras preocupaciones y anclajes, o nuestras limitaciones y barreras estilísticas, para ofrecernos únicamente comunicación”. Se dice fácil, pero todos sabemos que cuesta algo más que mero entrenamiento. Hace falta don, y esa noche hubo a raudales. Ahora sólo hay que esperar que el fruto discográfico que se anunció para la próxima primavera en el sello Blue Note haga justicia a lo vivido en Barcelona durante algo más de hora y media.

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